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Historia de las Ciencias de Stephen F. Mason
A continuación se reproduce parte del capítulo
3 La teoría cuántica y la estructura del átomo del
libro Historia de las ciencias de Stephen F. Mason (Alianza Editorial)
La teoría cuántica
y la estructura del átomo
En las postrimerías del siglo diecinueve, en unos
cuantos campos que anteriormente se habían visto dominados por
la idea de la continuidad de la materia y el cambio, hicieron su aparición
teorías en términos de partículas y cambios discontinuos.
Tales teorías las desarrollaron principalmente, aunque no exclusivamente,
los alemanes, quienes a lo largo del siglo diecinueve mostraron una cierta
inclinación hacia las teorías corpuscularistas. La teoría
de que la célula era la unidad de las criaturas vivas había
sido casi exclusivamente alemana; otro tanto se puede decir de la teoría
según la cual la herencia operaba mediante un mecanismo corpuscular
de un germoplasma autónomo, al menos por lo que respecta a sus.
primeros estadios especulativos con Nageli y Weismann. Los alemanes Fechner,
Weber, Riemann, Kirchoff y Clausius consideraban la electricidad en términos
de partículas cargadas, mientras que los ingleses Faraday, Kelvin,
Maxwell y Fitzgerald consideraban los fenómenos eléctricos
como consecuencias de la tensión en un éter continuo. Como
hemos visto, Maxwell fracasó a la hora de desarrollar la idea de
partículas de electricidad que estaba implícita en su modelo
del éter. El alemán Helmholtz, comentando las leyes de Faraday
de la electrolisis, decía en 1881:
Ahora bien, el resultado más sorprendente de
las leyes de Faraday quizá sea el siguiente: si aceptamos la
hipótesis de que las substancias elementales están compuestas
de átomos, no podemos dejar de concluir que también la
electricidad, sea positiva o negativa, está dividida en porciones
elementales que se comportan como átomos de electricidad.
La implicación no le había pasado desapercibida
a Faraday, pero la rechazó junto con la teoría atómica
de la materia, prefiriendo la opinión según la cual "la
materia está presente en todas partes, sin que haya espacios intermedios
que no están .ocupados por ella".
Aparte del estudio de la electricidad,
otro campo en el que se estaban desarrollando las teorías en términos
de partículas era el de la investigación sobre la luz, el
calor y otras radiaciones electromagnéticas, en el que durante
el siglo diecinueve había tenido un considerable éxito la
teoría ondulatoria continua. El punto de partida fue un problema
planteado en el estudio de la luz y el calor emitidos por los cuerpos
negros, los cuales suministran un espectro continuo de radiación,
frente a los espectros de líneas de los elementos químicos.
Los experimentos demostraban que cuando un cuerpo negro se calentaba hasta
una temperatura dada, emitía una cantidad máxima de energía
radiante con una longitud de onda particular, disminuyendo la longitud
de onda del máximo a medida que aumenta la temperatura. A las temperaturas
de laboratorio, el máximo estaba en la parte visible del espectro,
emitiendo el cuerpo primero un brillo rojo, luego luz anaranjada, amarilla,
blanca y finalmente azul, a medida que aumentaba la temperatura.
Tales fenómenos no podían explicarse en
términos de la teoría ondulatoria de la luz. Lord Rayleigh
mostró en 1900 que si las radiaciones electromagnéticas
fuesen emitidas por vibradores naturales, no habría una longitud
de onda a la que se emitiese una cantidad máxima de energía:
la cantidad de energía emitida aumentaría indefinidamente
a medida que decreciese la longitud de onda de la radiación. Un
vibrador natural, como pueda ser una cuerda tensada, tiene unos cuantos
modos de vibrar. El primer modo de vibrar en el caso de la cuerda es aquél
en que la longitud de la cuerda es igual a media longitud de onda, produciéndose
modos subsiguientes cuando la longitud de la cuerda es igual a 2, 3, 4,
5 semilongitudes de onda, y así indefinidamente, de manera que
existe un número infinito de modos de vibración en las longitudes
de onda muy cortas. Según el principio de la equipartición
de la energía, cada modo de vibración debería tener
la misma cantidad de energía, por lo que la mayor parte de la energía
de la radiación del cuerpo negro se emitiría en las longitudes
de onda muy cortas, la parte ultravioleta y de rayos X del espectro, en
lugar de hacerlo en la visible. Otros tratamientos teóricos de
la radiación del cuerpo negro no tuvieron un gran éxito,
especialmente el publicado en 1896 por Wien, 1864-1928, quien basaba su
análisis en razonamientos puramente termodinámicos sin recurrir
a un modelo.
En 1900 Max Planck, 1858-1947, a la sazón en Berlín,
sugirió una solución al problema. Señaló que
si la radiación del cuerpo negro se emitiese discontinuamente en
cuantos, de tal manera que la energía de un cuanto fuese proporcional
a la frecuencia de la radiación, la emisión de las longitudes
de onda más largas hacia el extremo rojo del espectro se vería
favorecida a temperaturas bajas, ya que la energía de los cuantos
sería pequeña, mientras que a temperaturas más elevadas
estaría disponible mayor energía, favoreciendo la emisión
de los cuantos mayores de las longitudes de onda menores. De este modo
Plank explicaba el hecho de que se emitiese una cantidad máxima
de energía con una longitud de onda dada, así como que dicho
máximo se desplazase hacia las longitudes de onda más cortas
con el aumento de la temperatura. La teoría cuántica de
Planck fue utilizada por Einstein en 1905 para explicar las desviaciones
de la regla de Dulong y Petit sobre la constancia de los calores atómicos,
así como para explicar la emisión de electrones por parte
de los metales expuestos a la luz. También sugirió que la
luz y las radiaciones electromagnéticas en general se propagaban
a través del espacio en forma de partículas o fotones, como
acabaron denominándose, llenando así de algún modo
el hueco dejado por el rechazo del éter en su teoría de
la relatividad publicada el mismo año.
El campo en que la teoría cuántica encontró
sus aplicaciones más importantes fue el de la investigación
de la estructura del átomo. Como hemos visto, las leyes de la electrolisis
observadas cuando la electricidad se hace pasar a través de una
solución salina, llevaron a Helmholtz a sugerir en 1881 que la
electricidad existía en forma de partículas que Johnstone
Stoney denominó electrones en 1891. El paso de la electricidad
a través de gases a bajas temperaturas suministró una prueba
adicional de que la electricidad era de carácter corpuscular, porporcionando
un método para estudiar la estructura del átomo. Cuando
se descargaba la electricidad entre dos placas en un tubo que contuviese
un gas a presiones muy bajas, se observaban tres tipos de rayos: los catódicos
que iban de la placa negativa a la positiva; los positivos que viajaban
en dirección opuesta; y los rayos X que se forman cuando los rayos
catódicos chocan con la materia, como puede ser un blanco metálico.
Los rayos catódicos fueron
los primeros qué se estudiaron con intensidad. Se descubrió
que viajaban en línea recta, dado que los objetos interpuestos
en su trayectoria arrojaban sombras nítidas. También poseían
un momento notable, ya que hacían girar una rueda de palas ligera.
Por consiguiente, los rayos catódicos parecían consistir
en una corriente de partículas con movimiento rectilíneo,
demostrándose que dichas partículas estaban cargadas, dado
que los rayos se desviaban merced a los campos eléctricos y magnéticos.
En 1897, J. J. Thomson, 1856-1940, en Cambridge, midió la velocidad
de tales partículas disponiendo un campo eléctrico y magnético
de modo que las desviaciones producidas por cada uno de ellos se anulasen.
La fuerza ejercida por el campo magnético sobre las partículas
dependía de su velocidad, mientras que la fuerza ejercida por el
campo eléctrico, no. En el experimento de Thomson, la razón
entre la fuerza de los campos eléctrico y magnético daba
la velocidad de las partículas, y una vez conocido este extremo,
la razón entre la carga y la masa de las partículas se podía
determinar a partir tan sólo de la desviación magnética
o eléctrica.
Thomson demostró que dichas
partículas estaban cargadas negativamente y que eran un constituyente
común de toda la materia, dado que cualquier gas puesto en su tubo
de descarga producía rayos catódicos con la misma proporción
de carga masa. De la electrolisis de soluciones ácidas se concluyó
que la razón entre carga y masa de los iones de hidrógeno
eran unas dos mil veces menor, de lo que dedujo Thomson que la masa de
un ión de hidrógeno era unas dos mil veces mayor que la
de una partícula de los rayos catódicos, un electrón,
siendo sus cargas iguales aunque de signo opuesto. La deducción
de Thomson se vio confirmada cuando se midió la carga de un electrón,
gracias sobre todo a Millikan en América, quien de 1913 a 1917
examinó los movimientos de gotas de aceite cargadas entre campos
electrostáticos y gravitatorios opuestos. Descubrió que
la carga menor que tomaba una gota de aceite era igual al mínimo
común múltiplo de las cargas más elevadas que podía
recibir la gota, lo que consideró como la carga de un electrón
aislado. La magnitud de la carga era la misma que la de un ión
de hidrógeno, aunque de signo opuesto, lo que indicaba que el hidrógeno
era 1836 veces más pesado que el electrón.
Basándose en ello, Thomson
sugirió en 1904 que los átomos de los elementos químicos
constaban de electrones unidos por una esfera de carga positiva. Pensaba
que los electrones eran responsables de toda la masa del átomo,
de modo que, por ejemplo, había 1836 electrones en un átomo
de hidrógeno. No obstante, el estudio de la radiactividad pronto
llevó al abandono del modelo atómico de Thomson. Se descubrió
que los elementos radiactivos emitían tres tipos de rayos similares
a los producidos por un tubo de descarga de gas: en primer lugar, los
rayos alfa cargados positivamente que constaban de iones de helio con
doble carga semejantes a los rayos positivos; en segundo lugar, los rayos
beta, consistentes en electrones como los rayos catódicos, si bien
se movían un poco más rápidamente; y en tercer lugar,
rayos gamma sin cargar que constituían radiaciones electromagnéticas
como los rayos X, aunque presentaban longitudes de onda aun menores. Rutherford,
1871-1937, primero en Manchester y luego en Cambridge, mostró que
las partículas alfa pasaban en su mayor parte en línea recta
a través de la materia, si bien unas pocas, aproximadamente una
de cada veinte mil, experimentaban considerables desviaciones, frecuentemente
rebotando hacia atrás. Así pues, quedaba claro que el átomo
contenía una fuerza de desviación poderosa o núcleo,
que resultaba muy pequeño comparado con el tamaño total
del átomo. En 1911 Rutherford sugirió que el átomo
constaba de un pequeño núcleo cargado positivamente y que
acaparaba la mayor parte de la masa del átomo, rodeado de electrones
que se movían en torno al núcleo orbitalmente, como los
planetas en torno al sol. El número de cargas positivas del núcleo
de un átomo elemental dado era igual al número ordinal de
dicho elemento en la tabla periódica, así cono también
al número de electrones orbitales que hacían que el átomo
fuese eléctricamente neutro en su conjunto. El hecho de que los
elementos más pesados dispersasen las partículas alfa en
mayor medida que los más ligeros, presuntamente debido a su mayor
carga y masa nuclear, suministró una prueba a favor del modelo
atómico de Rutherford. Además se descubrió que cuando
un elemento radiactivo emitía una partícula alfa doblemente
cargada, el nuevo elemento formado estaba dos lugares más atrás
en la tabla periódica, lo que indicaba, según la teoría
de Rutherford, que tenía dos cargas positivas menos en el núcleo,
mientras que la emisión de una partícula beta, que tenía
una única carga negativa, daba un elemento un lugar más
adelante en la tabla periódica; esto es, poseía una carga
positiva extra en su núcleo. Dado que el peso de un elemento era
aproximadamente el doble de su número atómico o carga nuclear,
se suponía que el núcleo de un átomo estaba compuesto
de núcleos de hidrógeno o protones, iguales en número
al peso atómico, así como al número de electrones
necesarios para hacer que la carga total del núcleo fuese el número
atómico.
Según la teoría clásica,
el modelo de Rutherford del átomo contenía un defecto inherente.
Los electrones orbitales eran cargas que se movían en el campo
electrostático del núcleo, por lo que debían de emitir
radiación de manera continua. Los electrones tenían que
perder su propia energía cinética en el. proceso, por lo
que deberían caer en espiral hacia el núcleo. Niels Bohr,
que trabajaba entonces con Rutherford, señaló en 1913 que
el modelo podía salvarse mediante la nueva teoría cuántica.
Si la radiación no se podía emitir continuamente, sino tan
sólo en cuantos definidos, se podía suponer que había
ciertas órbitas estables por las que podían moverse los
electrones sin pérdida de energía, emitiéndose radiación
tan sólo cuando un electrón saltaba de una órbita
a otra. De este modo, sería posible explicar el hecho de que los
espectros atómicos de los elementos constasen de líneas
nítidas y no de bandas continuas. La energía del cuanto,
y por ende la frecuencia de la radiación emitida cuando un electrón
saltaba de una órbita a otra, se podría determinar mediante
la diferencia entre las energías cinéticas del electrón
en ambas órbitas. Fijadas las órbitas, también quedaba
fijada la diferencia de energía entre ellas, con lo que cada una
de las líneas del espectro atómico del elemento debería
corresponder a una transición electrónica particular entre
dos de esas órbitas. Por este procedimiento Bohr consiguió
explicar los espectros atómicos del hidrógeno de manera
cuantitativa, tipificando las principales órbitas a las que podía
saltar un electrón mediante un número cuántico, N,
que podía tomar los valores 1, 2, 3, 4, etc., de manera que un
salto de la segunda órbita a la primera daba una línea espectral,
uno de la tercera a la segunda otra, etc.
Mediante instrumentos de poder resolutivo mayor se vio
que las líneas de los espectros atómicos poseían
una estructura fina. A fin de explicar este fenómeno, Sommerfeld
sugirió en Munich en 1915 que la órbita electrónica
fundamental de número cuántico N se subdividía en
órbitas subsidiarias, cuyo número se regía por un
número cuántico subsidiario, K, que podía adoptar
los valores, 1, 2, 3 , 4 ... N. Sommerfeld representaba como elipses estas
órbitas subsidiarias, de manera que variasen de forma desde un
círculo hasta una elipse alargada. Presentarían energías
ligeramente distintas, dado que un electrón en una órbita
elíptica alargada aumentaría su velocidad y su masa cuando
se moviese en la vecindad del núcleo atómico, de acuerdo
con la teoría de la relatividad de Einstein, mostrando un movimiento
de precesión en torno al núcleo, a la manera de Mercurio
en torno al sol. Hubo que introducir un número cuántico
subsidiario, M, que podía adoptar los valores -(K-1) ... 0 ...
+(K-1), a fin de explicar la división de las líneas de los
espectros atómicos en un campo magnético, fenómeno
que había sido descubierto por Zeeman, 1865 1943, en Leiden en
1896. Finalmente, en 1925, Uhlenbeck y Goudsmit sugirieron un número
cuántico de espín, S, que podía presentar dos valores
opuestos, a fin de explicar ulteriores variedades de las líneas
espectrales atómicas, suponiendo que un electrón podía
girar sobre su eje en una de las dos direcciones opuestas.
En Hamburgo, Pauli formuló en 1925 el principio
de que dos electrones de un átomo dado no podían tener el
mismo conjunto de números cuánticos, restricción
que limitaba y definía las posibles estructuras electrónicas
de los átomos elementales. Cuando el número cuántico
fundamental, N, era igual a 1, la órbita así definida sólo
podía contener un único electrón o bien dos electrones
con rotaciones opuestas, ya que los números subsidiarios, K y M,
sólo podían poseer sus valores mínimos. Así
pues, la primera órbita fundamental abarcaba los casos del hidrógeno,
con un electrón orbital, y del helio, con dos, llenando así
la primera órbita o capa fundamental. Cuando el número cuántico
fundamental era igual a 2, el número cuántico subsidiario,
K, podría adoptar los valores 1 ó 2, y M, los valores 0
cuando K era igual a 1, y -1, 0, + 1 cuando K era igual a 2. En la segunda
órbita fundamental había por consiguiente cuatro órbitas
subsidiarias, cada una de las cuales podría acomodar dos electrones
con espín opuesto, cubriendo así los ocho elementos siguientes,
el litio, berilo, boro, carbono, nitrógeno, oxígeno, flúor
y neón. De esta manera, los números cuánticos derivados
del estudio de los espectros atómicos indicaban las estructuras
electrónicas que poseían los elementos, suministrando una
clasificación electrónica de los elementos que concordaba
estrechamente con la primitiva clasificación periódica.
La clasificación electrónica de los elementos
llamó la atención sobre el hecho de que los gases inertes,
que presentaban escasa o nula tendencia a formar compuestos químicos,
tenían lugar cuando una capa o subcapa electrónica se hallaba
completa, como ocurría en los casos del helio y el neón
mencionados más arriba. Por consiguiente quedaba de manifiesto
que una capa o subcapa completa constituía una estructura electrónica
particularmente estable, confiriendo así mayor precisión
a la teoría de la combinación química. En América,
entre 1919 y 1921, Langmuir desarrolló la teoría de que
los elementos químicos se combinaban de manera que alcanzasen en
sus compuestos la estructura electrónica estable de los gases inertes.
Apuntó que los átomos elementales podían conseguirlo
de dos maneras, o cediendo y recibiendo electrones, o compartiendo electrones,
denominándose las combinaciones electrovalencia y covalencia respectivamente.
Así, por ejemplo, el sodio contiene un electrón más
que el gas inerte neón, mientras que el flúor tiene uno
menos. Cuando se combinan para producir el fluoruro sódico electrovalente,
los átomos de sodio dan su electrón extra a los átomos
de flúor, de manera que ambos tipos de átomos alcanzan la
estructura electrónica estable del neón. Las cargas nucleares
permanecen constantes, con lo que los átomos de sodio se cargan
positivamente y los de flúor, negativamente, manteniéndolos
unidos la fuerza electrostática entre ellos. Dos átomos
de flúor, que tienen un electrón menos que la estructura
electrónica del neón, pueden formar un tipo distinto de
enlace compartiendo uno de sus electrones con el otro átomo, dando
la molécula covalente del flúor. Aquí, ambos átomos
son eléctricamente neutros, uniéndose rígidamente
a una distancia de enlace fija por los dos electrones intercambiados entre
sí, mientras que los dos iones eléctricamente cargados de
los compuestos electrovalentes se pueden mover independientemente el uno
del otro, en determinadas circunstancias, como en una solución
acuosa. Se vio más tarde que las electrovalencias y covalencias
puras eran raras, siendo la mayoría de las combinaciones de ambos
tipos, ya que muchos compuestos covalentes poseían un momento dipolar,
lo que indicaba una separación de carga en sus enlaces, mientras
que se descubrió que las capas electrónicas de los iones
electrovalentes estaban polarizadas o distorsionadas.
El átomo de Bohr suministró a los químicos
un modelo útil para interpretar la estructura de las moléculas
y el curso de la combinación química, mas para los físicos
resultaba menos satisfactorio; dado que sólo explicaba los espectros
atómicos del átomo del tipo del hidrógeno, e incluso
en este caso no explicaba las intensidades relativas de las líneas
espectrales observadas. Uno de los discípulos de Sommerfeld, Werner
Heisenberg, sugirió en 1925 que todos los modelos mecánicos
del átomo del tipo del de Bohr deberían de abandonarse,
adoptando un enfoque alternativo en el que se insertasen inmediatamente
en ecuaciones matemáticas las magnitudes directamente medibles,
como las frecuencias e intensidades de las líneas espectrales.
De este modo, Heisenberg logró explicar el efecto Zeeman que había
planteado dificultades a la primitiva teoría de Bohr. Sin embargo,
se derivó otro enfoque de la predicción realizada por Louis
de Broglie en 1925 de que la materia, así como la radiación,
debería poseer propiedades tanto de las partículas como
de las ondas. Más adelante se descubrió que los electrones,
protones y partículas alfa tenían propiedades ondulatorias,
produciendo patrones de difracción como la luz y los rayos X, pero
antes Erwin Schrödinger consiguió explicar en 1926 los mismos
efectos que Heisenberg suponiendo que los electrones poseían forma
de onda. Desde este punto de vista, el postulado de Bohr de que las órbitas
estables del electrón estaban definidas por el requisito de que
los electrones debían de tener momentos angulares iguales a un
número entero de ,
donde h es la constante de Planck, conectando la magnitud de un cuanto
de energía de radiación con su frecuencia, era equivalente
al requisito de que hubiese un número entero de longitudes de onda
del electrón en torno a la circunferencia de una órbita
estable.
No obstante, en el esquema de Schrödinguer los electrones
ya no se mueven en órbitas definidas. Sus ecuaciones mostraban
que la densidad de la carga eléctrica en el átomo alternaba
de forma ondulatoria a partir del núcleo, correspondiendo los picos
de las ondas a lo que eran las órbitas en el primitivo átomo
de Bohr. El propio Schrödinger consideraba que las formas ondulatorias
representaban la distribución real de la carga en el átomo,
mas Bohr sugirió en 1926 que la altura de la onda en un punto cualquiera
debería tomarse como una medida de la probabilidad de hallar un
electrón en dicha posición. El punto de vista de Bohr indicaba
que un electrón no podía localizarse con toda precisión;
pudiéndose determinar tan sólo la probabilidad de hallar
un electrón en un punto particular. En 1927 Heisenberg mostró
que el momento y la energía de un electrón eran asimismo
indeterminados, siendo el producto del momento y la posición de
un electrón algo indeterminado hasta un punto que nunca podría
ser menor que , siendo
h la constante de Planck. Este "principio de incertidumbre"
se seguía de la cualidad onda partícula de la materia y
la radiación, así como del hecho de que las características
de los objetos se veían en general inevitablemente alteradas en
el transcurso de la experimentación. Si se quisiese medir con precisión
la posición de un electrón, habría que emplear para
su determinación longitudes de onda muy pequeñas. Mas tales
radiaciones poseerían cuantos de alta energía, alterando
el momento y la energía del electrón por impacto. Asimismo,
para medir el momento de un electrón habría que utilizar
cuantos de baja energía, y al ser grandes las longitudes de onda
de tales cuantos, la posición del electrón sería
correspondientemente indeterminada. La dualidad onda partícula
observada de la materia y la radiación planteaba también
el problema de qué correspondencia existía entre las propiedades
de partícula y las propiedades de onda. Planck mostró que
la energía de un cuanto era igual a la frecuencia de su radiación
por la constante h de Planck. De Broglie descubrió que la velocidad
de una partícula era igual a la velocidad de grupo de sus ondas
asociadas, siendo la velocidad de grupo de un tren de ondas menor que
la de las ondas individuales, tal y como puede verse en ocasiones en el
caso de las ondas de agua cuando la cresta de una ola de longitud de onda
larga corre lentamente a través de un grupo de ondas menores. Más
tarde, en 1927, Sir Charles Darwin sugirió que los dos modos posibles
del espín de una partícula corresponden a los dos componentes
transversales de la vibración ondulatoria separados por la polarización.
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